Mi (casi) primera hemodiálisis

Compartiendo hoy en twitter una foto en la que se aprecia la diferencia de grosor entre una aguja de las usadas habitualmente para sacar sangre y una aguja de las empleadas en hemodiálisis, me ha venido a la cabeza mi primera sesión de diálisis, un ya lejano día de finales de verano. Y aquí estoy compartiéndolo con vosotros por si a alguien puede servirle un poquito mi experiencia.
 
Aguja hemodiálisis (izqda.) vs aguja analíticas (dcha.)
La primera vez que acudí a la unidad de hemodiálisis fue unos días antes de mi primera sesión, para que me familiarizase un poco con el lugar y el procedimiento. Aquello en cierto modo me ayudó a enfrentar mejor mi primera vez, especialmente porque todas las enfermeras del centro y los pacientes que estaban en ese momento dializándose fueron muy amables conmigo; pero también incrementó un poco mi temor al descubrir las agujas que tendrían que insertar en mi antebrazo. Semejante tamaño no me lo esperaba, nunca antes había visto unas agujas tan gruesas. Jamás hasta entonces me habían dado miedo los pinchazos.
Acudí a mi primera sesión con una mezcla de nervios y terror que intentaba disimular (no sé si con éxito), en parte porque me acompañaba mi hermano, que hizo de tripas corazón, ante la imposibilidad de mis padres de tomarse esa tarde libre. Mi hermano mayor, al que tengo muchísimo que agradecer por cómo me ha ayudado (sobre todo mentalmente) en los momentos más duros de mi enfermedad, hizo exactamente lo que tocaba hacer en aquel momento y me acompañó. No hizo mención a su incómoda "costumbre" de desmayarse cada vez que veía sangre o a la aprensión que las agujas le producían. Ese día la prota era yo y él el acompañante silencioso, pero para mí su papel era fundamental. 

Cuando me senté por primera vez en aquella butaca, que con el tiempo se convertiría en lugar de lectura, charlas y reflexión, el corazón me palpitaba a cien por hora. Por ser la primera vez me habían citado cuando no hubiera otros pacientes; quizás porque ya sabían que la primera vez no siempre va todo lo bien que se espera.
El encargado de ponerme las agujas que me conectarían a la máquina de hemodiálisis era un simpático enfermero llamado Napoleón; no volví a verlo pues se encargaba de un turno distinto al mío, pero difícil olvidar un nombre así y en tales circunstancias. Le acompañaban para ayudarle (o quizás para distraerme a mí) otra enfermera y una auxiliar, también de sonrisa alegre y palabras amables, que ayudaron en parte a que la tensión de mi cuerpo se aflojase. En un rincón, la presencia reconfortante de mi hermano. El cuerpo semigirado para no ver lo que sucedía, para evitar que una reacción inapropiada de su cuerpo interfiriese en lo importante, pero al mismo tiempo en actitud de reaccionar presto si hiciera falta.

Respiré hondo y esperé el primer pinchazo, sentí una dolorosa punzada y el calor de la sangre deslizando por mi brazo. La vena se había roto. El enfermero la presionó con fuerza, esperó unos minutos a que el flujo de sangre cesase, colocó un esparadrapo y volvió a intentarlo cambiando ligeramente de posición. Otra punzada aguda y otra vez la cálida sensación de la sangre sobre mi piel; de nuevo se rompía la vena. El intento se repitió otras dos veces más con idéntico resultado. Pese a las semanas de ejercicio, apretando una y otra vez una bola de goma entre mis dedos durante horas para que la fístula se fortaleciese, mis frágiles y delgadas venas no resistieron el  envite de aquella poderosa aguja. Comencé a llorar silenciosamente. Mi cuerpo cada vez más tenso no era el mejor aliado para lograr el propósito de aquella tarde. Decidieron dejarlo para unos días después. 

Abandoné aquella primera sesión de hemodiálisis, en la que realmente no pudieron dializarme, con un sabor agridulce; el mal trago terminaba, pero sabía que era algo ineludible, que un par de días después tendría que enfrentarlo de nuevo. 
La tarde era calurosa, como corresponde a un mes de septiembre en Madrid. Mi hermano y yo subimos al coche y regresamos a casa compartiendo palabras de ánimo y optimismo para la siguiente vez. Mi brazo desnudo, parcheado por los esparadrapos, empezaba a adquirir el tono violáceo de los hematomas, horas después se convertiría en un morado oscuro que abarcaría la totalidad del brazo.

Mi segunda sesión sí consiguió transformarse en mi primera hemodiálisis. No sé qué cambio, si yo iba más concienciada y relajada o si fue puramente suerte. Al primer intento la vena se rompió y yo temí que se volvería a repetir la situación, pero no fue así; el segundo y el tercer pinchazo consiguieron penetrar limpiamente y las agujas quedaron fijadas para permitir la salida de la sangre hacia la máquina y el posterior retorno al cuerpo. 

Las siguientes veces cada vez fue más fácil; el dolor de los pinchazos seguía presente en cada sesión, pero al poco tiempo uno se acostumbra (como a todo en la vida) y aprende a ignorarlo. Las tres horas, tres veces a la semana (es decir 9 horas semanales) que me tocaba hemodiálisis no eran un tiempo que lamentar, me sirvieron para leer un montón de libros, charlar con otros pacientes y estudiar los apuntes que tomaba por la mañana en la universidad. Y aunque tenían algún que otro efecto secundario (me provocaban dolor de cabeza), fue tan enorme la recuperación en cuanto a cómo me sentía y lo que era capaz de hacer antes y después de comenzar aquel tratamiento, que cualquier incomodidad quedaba saldada con creces.

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Comentarios

  1. HOLA!!
    He sentido cada palabra q pones, ya que yo tambien llevo muchisimos años en dialisis. me dicen muchas veces ..ya estas acostumbrada pues no, no lo estoy, lo puedo llevar mejor que a otra persona que solo l hacen alguna analitica esporadicamente, pero el miedo(hay dias que terror) al pinchazo sigue hay todos los dias. He llegado a pincharme yo sola, y ahora lo hace mi madre ya q me dializo en casa.
    es una sensacion que solo la sabeemos la q estamos aqui
    "enganchadas"
    Gracias por tu testimonio.

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    1. Hola Strellhada, muchas gracias por compartir tu experiencia. Yo por fortuna llevo ya muchos años trasplantada, pero como tú bien sabes se trata de una experiencia que nunca se olvida. Te deseo lo mejor y ojalá que ya no se demore mucho más la llamada para un trasplante. Un abrazo.

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  2. Un chico con lupus que iba a diálisis me comentó lo de las agujas hace tiempo pero realmente no me había hecho idea del tamaño.
    Cada vez que leo algo del tema me acuerdo de un señor que estaba en tratamiento y lo agotado que volvía a la residencia.
    Desde luego son muchas horas y bueno es que supieras sacarle provecho, pero sobretodo lo que vino después :)

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    1. Se hace duro, incluso aunque le saques partido a las horas, y todos estamos siempre esperando a esa llamada que te lleve al siguiente paso: el trasplante. Pero también hay que reconocer que los enfermos renales tenemos la suerte de disponer de esta solución que te permite llevar una vida bastante aceptable durante esa espera. A las agujas no hay más remedio que acostumbrarse, es lo que toca.

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