¿De qué color quieres tus gafas?

Aquí estoy, de regreso de mis vacaciones con fuerzas renovadas. ¡Qué bien sienta hacer las cosas que a uno le gustan! Estos días de viaje han sido, como cada verano, lo mejor del año. Como sabéis, viajar, hacer excursiones, pasear y conocer sitios son algunas de mis grandes pasiones.
Quizás  alguno estéis pensando: claro, ella puede hacerlo. Y si es tu caso seguro que ya has encontrado mil formas de justificar tu pensamiento: ella tiene la salud, ella tiene el dinero, ella tiene el tiempo necesario,... Pero, ¿realmente quieres ver el mundo con esas gafas? 


Créeme, si no pudiera viajar encontraría otra cosa con la que apasionarme. Estoy segura de ello porque ya lo he hecho otras veces, apasionarme haciendo un cuadro, leyendo un libro, intentando aprender a pintar acuarela, escribiendo un blog,... Y es que, aunque suene muy manido, qué gran verdad es aquello de ver el vaso medio lleno o medio vacío.

El viaje de este verano por los Estados Unidos me ha hecho recordar la primera vez que estuve allí. Fue en febrero de 2001, cuando estaba metida en todo ese proceso que ya os he contado para ser madre. Vi una oferta para pasar cinco días en Nueva York (realmente tres, porque los otros dos eran de vuelo) y me pareció una buena idea para relajarnos de tanta tensión acumulada. 
Yo nunca había viajado fuera de Europa y preparé aquella visita a la gran manzana con gran entusiasmo.

Después del largo viaje en avión llegamos a la ciudad casi de noche. Estábamos muy cansados pero deseosos de ver cosas nuevas y lo primero que hicimos fue subir al Empire State. 
Al día siguiente la visita transcurrió sin incidentes, pero por la tarde empezaron a caer grandes copos que al cabo de un rato se transformaron en un gran vendaval de nieve que apenas dejaba ver a un metro de distancia. El tráfico de la ciudad, ya de por sí caótico, quedó totalmente colapsado y los peatones nos refugiamos rápidamente, dejando las calles completamente desoladas en manos de la ventisca.
Recuerdo que en ese momento mi marido y yo mirábamos con grandes ojos de plato por los ventanales del vestíbulo del hotel, emocionados por la experiencia, mientras a derecha e izquierda se oían quejas de huéspedes lamentándose de su mala suerte.
La tempestad duró hasta entrada la noche. Al día siguiente Manhattan amanecía con un grueso manto blanco pero luciendo el sol y yo solo podía pensar en la suerte tan increíble que estaba teniendo de poder ver algo así.

Al salir a la calle el frío era tan intenso que dolía; yo jamás había experimentado un frío así. A penas habíamos dado unos pasos cuando tuvimos que regresar al hotel. Allí nos informaron que la temperatura había caído hasta los 17 grados bajo cero, pero que la sensación térmica era realmente de -20°C. Pero nosotros lo teníamos claro, ya habíamos pasado una tarde completa a resguardo debido a la dureza de la ventisca y no íbamos a perder ni un minuto más. Subimos a la habitación, nos pusimos dos o tres pares de calcetines (los que nos cabían en las botas), nos vestimos el pijama debajo de la ropa más gruesa que llevábamos, nos calamos los guantes y el gorro y nos enrollamos las bufandas hasta que apenas se veía de nosotros dos pequeños ojillos brillantes de emoción. Y salimos a la calle.
Recuerdo lo hermoso que estaba todo, con la nieve completamente pura brillando bajo el sol antes de que la contaminación de la gran ciudad la volviera gris. Uno de los recuerdos más bellos que guardo en la memoria es pasear por Central Park completamente vacío de gente.


Y claro que el frío seguía doliendo, pero era mucho mayor el peso de toda aquella belleza para hacernos sentir tremendamente felices y afortunados.
Otra cosa que tengo grabada de aquel viaje son las conversaciones de la gente en el autobús que nos llevaba de regreso al aeropuerto. Comentarios sobre la mala suerte, sobre no haber podido ver nada o haber tenido que pasar el día metidos en el hotel. Yo sin embargo siempre que le cuento a alguien aquella visita a Nueva York añado "y tuvimos la increíble suerte de que nevara y de poder experimentar el mayor frío que he sentido nunca" Porque en gran medida esa es la gran magia de los viajes, la aventura de lo inesperado.

Aquel viaje me sirvió además para confirmar algo que ya sospechaba, que las mismas situaciones se pueden ver desde prismas muy distintos y que si hacemos lo posible por ponernos las gafas adecuadas siempre saldremos ganando.

Es evidente que la vida es como un vaso que a unos les toca con más contenido que a otros, eso no lo niego. Y a mí me tocó bastante lleno por el simple hecho de haber nacido en un país del "primer mundo" con recursos, en el seno de una familia que se quiere y se respeta. Pero el arte de verlo medio lleno o medio vacío, el color de las gafas con que se mira,... eso lo elige la persona. 

Y tú, ¿qué gafas quieres ponerte?

Comentarios

  1. No hace mucho hablaba algo parecido con mi hermana.
    Tuvimos la suerte de que mis padres se sacrificaron para darnos unos estudios, pero luego es cierto que partiendo de esa ventaja, nosotras supimos aprovecharla. Salimos adelante con mucho esfuerzo y trabajo hasta llegar a lo que hoy tenemos (el no poder trabajar ahora es otro tema).
    Otra gente partiendo de la misma posición ha pasado de estudiar, de trabajar, de viajar, de tener aficiones... que los enriquezcan.
    Y al contrario. Hay gente que habiendo nacido en un ambiente con todo en contra, se han superado a sí mismo y han buscado la forma de salir de ahí y alcanzar sus sueños.
    Cuando se reparten cartas, hay gente que tiene peor y mejor mano. Pero está claro que hay que saber jugar con las que se tienen. Y eso depende mucho con las gafas con las que las miremos :)

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    1. Pienso lo mismo que tú, además de mirar las cosas desde una perspectiva positiva, es importantísimo el tema del esfuerzo y de trabajar por hacer que las cosas vayan en la dirección que uno quiere. Hay muchas personas que ven las cosas buenas de las que disfrutan otros pero no se fijan en el esfuerzo que esas personas han puesto para llegar hasta ahí. Creo que ponerse las gafas adecuadas a la hora de interpretar la vida y tener la voluntad de poner esfuerzo y sacrificio es mucho más importante que la suerte (buena o mala)

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  2. Tienes toda la razón, es más, creo que tener esa capacidad de ver siempre el lado positivo de las cosas que te pasan es lo que realmente cuenta para que al final de tu vida tengas la sensación de que has sido feliz. Quién no quiere poder llegar a eso?. Lo que pasa es que una cosa es decirlo y otra poder hacerlo siempre. Bueno, al menos hay que intentarlo.
    Yo también he estado "en pausa" estas semanas veraniegas, pero me alegra volver a seguir tu blog y encontrarme con un montón de entradas para leer. Todas muy interesantes. Mi enhorabuena.

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    1. Gracias Gisela, qué alegría leerte de nuevo, espero que hayas disfrutado tus vacaciones. Efectivamente, ver las cosas siempre positivamente es difícil y tampoco se trata de ignorar otras sentimientos que son también sanos y necesarios. Lo importante es que pese a los momentos tristes, las decepciones y las lágrimas, uno sienta que hace lo posible para que su interpretación de las cosas se oriente hacia el optimismo y así seremos más felices, como tú señalas. Además todos los estudios psicológicos concluyen que la gente optimista se resigna con menos facilidad, es más luchadora y afronta mejor las dificultades.

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