Recuerdos que golpean: el peldaño a mitad de la escalera

Hoy, al comenzar a subir una escalera, se me llenaron los ojos de lágrimas. Y no es que estuviera triste, al contrario, este domingo es mi cumpleriñón y me siento muy afortunada. Lo que ocurrió fue que un recuerdo me vino a la mente golpeándome como una bofetada a traición. Y es que algunos recuerdos son tan intensos que cuando te llegan es como si te colocasen de nuevo en aquel mismo instante, aunque hayan pasado más de 20 años.  

Ese recuerdo ha sido la escalera del metro.


Los meses anteriores a comenzar la hemodiálisis tenía muchos síntomas que denotaban que mis riñones ya no daban más de sí: continuos y dolorosos calambres, sabor a amoniaco en la boca, dolor de cabeza, párpados y tobillos hinchados, pero nada tan doloroso física y psicológicamente como el cansancio.

Es difícil describir el momento en que tu cuerpo está tan fatigado que no obedece ni la más mínima orden del cerebro. No creo que pueda imaginarse fácilmente si no se ha experimentado. Es la pérdida completa de la voluntad; tu pensamiento le grita a tu cuerpo que haga el esfuerzo, pero este es incapaz de escuchar sus súplicas.

Antes de que mi cuerpo se rindiese del todo a ese cansancio y ya a penas pudiese salir de la cama, todavía me movía por mi cuenta y cada día cogía el metro para ir a la universidad. Me bajaba del vagón, en el que afortunadamente siempre había algún asiento libre, y caminaba despacito hacia la salida mientras contemplaba como todo el mundo, jóvenes y ancianos, me adelantaban decididos. Como si de pronto el mundo a mi alrededor se moviera a cámara rápida, aunque por supuesto era yo la que se movía a cámara lenta.

Entonces, llegaba por fin a aquella escalera que me sacaba del mundo subterráneo para devolverme a la luz. No era una escalera especialmente larga, creo que debía tener 10 o 12 peldaños. Y allí me colocaba yo, frente a ella, como un atleta a punto de empezar una maratón y miraba hacia la luz: la meta. 

Y subía el primer peldaño. Observaba de nuevo a la gente pasando junto a mí a toda velocidad, respiraba hondo y subía el siguiente peldaño. Volvía a observar a la gente, a tomar aire y... tercer escalón... cuarto escalón... Y entonces llegaba a ese peldaño en medio del camino y mi mente gritaba ¡da el paso! pero mi cuerpo ya se negaba a obedecer. Entonces me sentaba allí, en mitad de la escalera y lloraba; hasta que mi cuerpo se recuperaba lo suficiente para poder de nuevo iniciar el ascenso poco a poco.

Ahora, mientras escribo esta historia, prefiero sonreír pensando que los recuerdos, por dolorosos que sean, no son más que parte de la experiencia vivida que nos hace más fuertes no más débiles.  

Y si algún día la historia tiene que repetirse, recordaré que a mi ritmo siempre conseguí llegar al final de la escalera.

Comentarios

  1. Me encanta la frase final.
    Aunque por un motivo diferente (SFC), sé lo que es que tu cuerpo no obedezca del puro agotamiento. Y todas estas situaciones estoy convencida de que nos hacen más fuertes. O al menos finalmente así ha sido.
    Aunque también tengo la sensación de que el mundo va muy deprisa y yo muy lenta (pero voy)

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    1. Sí, sé que tú de esto de la fatiga sabes bastante más que yo, al menos la mía se solucionó bastante al entrar en diálisis.
      Para mí la frase final era muy importante porque soy consciente de que un trasplante no dura para siempre y algún día (espero que dentro de muuuucho) quizás vuelvan a repetirse todas esas situaciones.
      Piensa que los que van muy rápido a veces se pierden cosas por ir tan de prisa ;)

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  2. hola tocaya,se perfectamente tu sentimiento,porque yo hay muchos dias q estoy asi, sacando fuerza de dnd no la tengo. llevo muchos años en dialisis y esto se q no va a ir a mejor, pero tb se que si decaigo, es mal para mi y los de mi alrededor, aunque nadie entienda el esfuerzo q me causa muchas veces seguir respirando.
    un abrazo

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    1. Hola Esther, entiendo lo que dices, lo malo del agotamiento es que no se ve exteriormente. Sí, la gente ve que te sofocas, te oyen decir que no puedes más,... pero al final todos comparamos con lo que conocemos y pocas personas tienen realmente idea de lo que es un cansancio que puede más que la propia voluntad. El problema es cuando te juzgan o, peor aún, cuando creen que aprovechas tu enfermedad para quejarte. Y eso que en mi opinión hay pocas personas que se quejen menos que los enfermos (los de verdad). Pero hay que seguir luchando y olvidarnos de lo que los demás piensen, porque lo hacemos por nosotros mismos y por nuestras familias. Y cuando estés que no puedes más, piensa que tomarse un respiro no es rendirse sino coger fuerzas para seguir adelante.
      Un abrazo y mucho ánimo

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