¡20 años de trasplante!

Hace diez años publiqué este artículo en la revista todos somos psicología. Y de pronto, en lo que me ha parecido un instante, ya han pasado otros diez años desde que recibí la llamada de teléfono más hermosa de mi vida. Los sentimientos son los mismos, así que le cambio el 10 por un orgulloso 20 y vuelvo a reiterar mi infinito agradecimiento.


Desnuda bajo la ducha contemplo la suave cicatriz que comienza a la derecha de mi ombligo y va tomando una ligera curva hasta perderse entre mi vello púbico. Ya no tiene ese color rojo intenso que la hacía destacar sobre todo lo demás, ahora es rosada y clara, y cualquier lunar de mi cuerpo resalta más sobre mi pálida piel. Pero no la contemplo soñando con que desaparezca; me siento muy orgullosa de esa marca que no le debo a un capricho de la naturaleza ni a una aventura infantil con aires de proeza, sino a la inmensa generosidad de las personas.

Sé que nunca conoceré a la persona que tuvo la valentía de pensar en los demás cuando pasaba por uno de los momentos más trágicos de su vida; por eso me gusta hablar en plural, estoy agradecida a todos los donantes de este mundo porque ellos no realizan un acto dirigido a una persona en concreto, sino que solo piensan en ayudar. Ayudar a cualquiera que lo necesite.

Me siento orgullosa de esa cicatriz y de lo que representa, que a pesar de tanta tristeza como los hombres somos capaces de provocar en este mundo, la Humanidad aún es digna de llevar ese nombre, porque en este planeta habitan muchas personas dispuestas a realizar actos pensando únicamente en los demás.

Esther, tenemos un riñoncito muy bueno para ti. ¿Lo quieres? Nunca olvidaré estas palabras. Las escuché un miércoles de primavera de 1995. Hace 20 años, nada menos.

Eran las seis de la mañana y el teléfono sonó en el salón. Nada más oírlo di un salto y me senté al borde de la cama con el corazón visiblemente acelerado; pero no corrí a descolgarlo, esperé a que alguien de mi familia se levantara. Lo cierto es que desde el mismo día en que supe que por fin formaba parte de la lista de enfermos en espera de un órgano,  empecé a sobresaltarme con cada llamada.

Cuando mi padre me pasó el teléfono diciendo es para ti toda mi familia estaba junto a mi expectante, mis padres y mi hermano. Sé que para ellos esa llamada también era la más deseada del mundo. No podían sentir lo que yo pero sí podían comprenderme, lo sé por la fuerza con que siempre me han apoyado desde el día que me ingresaron por primera vez en un hospital a la edad de tres años. Gracias a ellos pude superar la peor época de mi vida, la que pasé en hemodiálisis y los meses que precedieron a mi ingreso en este tratamiento; cuando mi sangre estaba tan intoxicada y la anemia era tan fuerte que mi cuerpo se negaba a realizar hasta el más pequeño esfuerzo que le rogase mi mente.

Esther, tenemos un riñoncito muy bueno para ti. ¿Lo quieres? Esas fueron las primeras palabras que pude escuchar al otro lado del teléfono. Claro que lo quería, ¿Acaso había otra respuesta posible? 
La frase se ha transformado en hermosas palabras que se repiten en mi cabeza, la intuición ha pasado a ser realidad. La risa me llena la boca, las lágrimas me cubren el rostro... ¿Lo quiero? Pues claro, dónde, cuándo, cómo... el cuerpo me tiembla de emoción, la felicidad se dispara en un contradictorio mar de lágrimas. El sofoco y los nervios no me dejan retener lo que la supervisora me cuenta. Es mejor que mi padre vuelva a coger el aparato, yo ya me siento la persona más feliz del mundo.

Después un sin fin de pruebas y preparativos se mezcló con otro sin fin de pensamientos y sensaciones, hasta las cinco de la tarde hora en que entré en el quirófano.
De allí salí dos horas después con una vida nueva.

Han pasado tantas cosas en estos años; nuevos baches como el diagnóstico de esclerosis múltiple de mi marido y
nuevas inmensas alegrías como el nacimiento de mi hijo. Desde mi catalejo de 20 años de distancia todo parece más suave, más difuso. El cansancio extremo, el dolor de las agujas en mi brazo, la dieta superrestrictiva,... todo ha ido poco a poco diluyéndose en la memoria, pero lo que nunca jamás olvidaré es la generosidad de esas personas que cambiaron mi vida para siempre.

GRACIAS DE TODO CORAZÓN 
A TODOS LOS DONANTES


Foto: StefaninLA

Comentarios

  1. Hola Esther, no te conozco, pero he visto tu publicación en facebook y vengo a felicitarte y darte un abrazo muy fuerte. Yo llevo sólo tres años y medio y me parece increíble, así que , tus 20, son para celebrar con los tuyos y seguir dando gracias con alegría y optimismo. Siempre adelante. Un beso y un abrazo.

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    1. Muchísimas gracias Marisa. Cuando miro atrás me parece increíble que se cumplan 20 años; me siento muy muy afortunada y, como dices, miro hacia adelante con alegría y optimismo. Yo voy a por el record :) seguro que tú también.
      Un beso y espero que volvamos a encontrarnos por aquí.

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  2. Los seres humanos somos capaces de lo peor y de lo mejor. Quizás ahí reside nuestra grandeza. Y gracias a esa generosidad te puedo decir hoy ¡Feliz "cumpleaños"! :)
    Un abrazo muy grande

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    1. Hola compi en el mundo blogger y muchas gracias. En casa lo llamamos "cumpleriñón" y es más importante que el cumpleaños por que representa esa generosidad de las personas.

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  3. Aunque ya te felicité en otra de tus entradas, te quería decir que me has emocionado enormemente con ésta con la que celebras estos veinte años de trasplante. Estaba expectante, a ver qué publicarías en este día. No puedo decir más que admiro muchísimo la forma en que enfrentas todo.... y con la alegría y optimismo que miras al mundo. Yo aprendo de eso. Felicidades!!!!!!!!

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    1. Gisela, de nuevo muchísimas gracias. Gracias por la felicitación y gracias por estar siempre atenta a lo que escribo; así merece la pena invertir tiempo y ganas en el blog. Un beso.

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